La espontaneidad.

Una de las cualidades que más valoro en una persona es la espontaneidad. La capacidad de sorprender a los demás. De improvisar sin pensar demasiado.

No me gusta, por el contrario, pedir esas cosas, es decir, que me sorprendan, sean espontáneos o improvisen conmigo. Me gusta ver a la gente como es, sin necesidad de entrometerme. Sin necesidad de pedir palabras bonitas o gestos románticos.

Por el contrario, siempre me encuentro con personas que solamente piden. Que intentan amoldarte a su personalidad. Que intentan que seas, poco menos, esclavo de sus necesidades sentimentales.

El problema nunca ha sido dar, en mi caso. El problema es, cuando agotan tanto mi paciencia, que desbordo. Y es cuando desbordo que descubro el amargo regusto a realidad «tú para mí sí, yo para ti no».

Nunca ha sido una exigencia. Nunca nadie ha escrito que si recibes tienes que dar. Pero se supone que cuando te importa una persona tiendes a ceder, aunque sea un poco. Aprendes a dar si quieres recibir y recibes acorde a lo dado.

Lo único que puedo sacar de esto es que pensarlo todo demasiado no es lo idóneo, a veces la espontaneidad esconde las mejores oportunidades.

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