#16 El peligro de amar demasiado a nuestros personajes.

Siempre digo que para conocer de verdad a alguien, sin arriesgarnos a que nos mientan o nos oculten cosas, solo hay que leer lo que escribe. Más allá de su forma de narrar y las expresiones y/o palabras que use, hay algo infalible a lo que Charles Mauron denominaba el fantasma de un escritor, porque sí, en la literatura sí existen los fantasmas y sí son metafísicos y poco frecuentes de encontrar a simple vista.

Lo que en la psicocrítica llaman el fantasma no es más que la simbología, temáticas y carácter en los personajes que se repite con pocas variaciones a lo largo de las obras de cada autor/a que, a su vez, conforma, junto a otras cosas, el estilo, porque no solo de buena ortografía vive el escritor.

Recordad que una cosa es saber escribir y otra saber contar historias. La meta es aprender a hacer las dos cosas igual de bien.

En vez de intentar explicarlo con palabras, dejaré esta imagen por aquí que creo que es muy significativa a pesar del humor, porque no le falta razón.

Lo que puede parecer una sospecha, se convierte en una evidencia cuando llevamos seis libros de Murakami y siempre cobra protagonismo el jazz o los gatos, entre otras muchas cosas. Sabemos que a Murakami le gusta esa música y ese animal, pero también podemos averiguar qué tipo de mujeres le atraen. Me atrevería a decir, además, que él siempre fue un hombre solitario e introvertido a la par que estricto consigo mismo y pulcro. Todos sus protagonistas, tengan la edad que tengan, desde Kafka a Tazaki, comen solos, van al cine por las noches cuando se aburren y limpian los platos después de comer.

Salen un montón de historias con diferentes combinaciones de ese bingo, que no es nada más ni nada menos que el propio cerebro del escritor, condicionado por sus circunstancias sociales y culturales. Dejamos pedacitos de nuestra alma cuando escribimos.

No somos robots, contamos con intención, aportamos gotas de humanidad y realismo a nuestro personaje con sangre propia. Son nuestros hijos y por tanto, llevan nuestros genes. A veces es más evidente que otras, pero siempre hay detalles que permite conocer el tipo de persona que es cada escritor.

Yo he creado muchísimos personajes. Desde una mujer lesbiana que cree ser esquizofrénica, a un chaval gay caza-nazis, una prostituta siria con las ilusiones rotas, un informático secuestrador o un escritor frustrado que se enamora de una menor de la forma más asexual que se podría imaginar. Nunca me he prostituido, no padezco esquizofrenia, soy heterosexual y no tengo afán de asesinar de una paliza al hijo de un comisario. Pero todos ellos tienen algo mío.

Pinceladas, algunas veces más frecuentes que otras. Quizás una de mis protagonistas posea el mismo sarcasmo que yo uso en mi día a día y compartamos dolor; puede que yo experimente la sensación del escritor cuando crea algo porque quiere y no porque tiene que comer. Incluso una de mis antagonistas, un personaje que casualmente está basado en alguien que sí conozco y me fascina, a la par que me asquea, tiene detalles con los que uno puede adivinar parte de mi personalidad.

Ya no solo es imbuirles con una cultura propia que es nuestra y de nadie más, sino que, a veces, proyectamos en ellos lo que nos gustaría tener a nosotros. A veces, nos gustaría ser como son ellos pero los límites físicos nos lo impiden y otras lo que querríamos es compartir vida a su lado porque creamos nuestro tipo ideal de ser humano. Estoy segura de que E. L. James deseaba cada noche tener en su cama al señor Christian Grey.

Por supuesto, no siempre tiene que ser interés amoroso, aunque sí me parece lo más frecuente, porque no dejamos de ser animales y nuestro mayor cometido por instinto es el de reproducirnos para perpetuar la especie; otra cosa es que le demos más dimensión a medida que fisiológicamente nos vamos desarrollando y adquiriendo conciencia. Muchas veces, creamos un personaje que nos gustaría que fuera nuestro mejor amigo, nuestra madre, nuestro abuelo, nuestro compañero de clase.

La ciencia infusa en la literatura no existe. Somos seres que, al igual que el resto, reaccionan al entorno y almacenan información que les puede resultar de utilidad a posteriori para su supervivencia o entretenimiento si ya hemos alcanzado cierto nivel en nuestra Pirámide de Marshlow. En este caso, reproducimos lo que experimentamos en las hojas en blanco y, a pesar de que, como Murakami, lo combinemos, las opciones en el bingo son más limitadas, dependiendo del mundo que hayamos recorrido en tiempo y en espacio (meta)físico.

¿Es bueno esto?

Siempre en su justa medida, porque cuando damos rienda a nuestro instinto y no nos paramos a pensar que una cosa es escribir y otra hacer literatura que está sujeta a unas normas intrínsecas y autotélicas, lo excesivo empacha y la catarsis se ve dañada.

Solemos decir, en efecto, que nuestros personajes son nuestros hijos y no os hacéis a una idea de cuán real y acertada es esta afirmación. Porque, al igual que a nuestros hijos, también hay que educarlos e imponerles límites para lograr formar criaturas virtuosas y triunfadoras. Tenemos que tener cuidado con no ser unos blandos y amarlos demasiado.

Uno de los errores más comunes que detecto en los personajes cuando leo es que el autor se implica demasiado en su personalidad para que quede perfecto y lo termina por encerrar en un escaparate con el único fin de que la gente lo admire. Siempre hay alguien, a veces más escondido, a veces menos, creado en exclusiva para quedar bien pase lo que pase.

Esto no quiere decir que necesariamente sea plano o malo, qué va. He encontrado esta situación en personajes buenos, pero es cierto que, cuando lo llevamos hasta límites exagerados, convertimos a los hijos en unos malcriados que no se saben valer por sí solos en la diégesis y terminan por querer llamarse Mary Sue y Gary Stu.

Os voy a dar un ejemplo de un libro que odio con toda la profundidad de mi ser: En el nombre del viento. Estoy segura de que a Rothfuss le encantaría haber sido Kvothe y la primera señal es que es pelirrojo. Ya os hablaré sobre el cliché de los pelirrojos si me cuadra algún día, pero esa tontería es un detalle muy sutil de la basura de personaje y de libro que tenemos delante.

Una de las primeras decisiones que suele tomar el autor para dotar de originalidad a su hijo/a es decir que es pelirrojo, porque son personas poco comunes y a la gente en general les parecen atractivos, y más después de conocer a los gemelos Weasley. Que miren ustedes, en este caso lo acepto porque son toda una familia y es su marca distintiva que remarca su principal característica que Molly resume muy bien en: «a mi hija no, zorra» cuando mata a Bellatrix: family first.

En occidente si eres pelirrojo eres un cliché andante. ¿Ygritte? Ahí está. El primer y verdadero amor de Jon Snow tiene que ser alguien besado por el fuego, por supuesto, hay que llegar al nivel del Lobo Blanco. Sin embargo, mirad a Sansa. Esa sí es una buena pelirroja, porque en ningún momento se la quiere ensalzar.

Es tan Gary Stu que no queda mal ni cuando es vagabundo. Es que es surrealista. ¿Hay algún momento de esta vida en el que Kvothe dé vergüenza ajena o sea un parguela? Cuando Ron hace el ridículo me rio de él, con amor, pero me rio y lo digo como ejemplo, porque para no ser Gary Stu no hace falta ser un Wealey pringado.

A veces, tendemos a querer hacer tan buenos, deseables y atractivos a nuestros personajes que impedimos su total desarrollo psicológico y emocional, porque les obligamos a ser lo que nosotros queremos que sean, como unos padres sobreprotectores y mandones, y no, tenemos que soltar un poco la mano, arriesgarnos a que caminen solos.

¿Por qué? Porque igual queremos guisarlo tanto que lo quemamos.

Dejar que nuestros personajes se comporten como gilipollas es sano. No pasa nada si de vez en cuando nuestro hijo más cándido tiene la tentación de robarle a alguien o le pega a un perrito por la calle si está justificado. Los seres humanos somos contradictorios dependiendo del humor y estado emocional en el que nos encontramos.

Aunque sea ingenioso, tampoco pasa nada si llega otro y le deja de pedante. No nos vamos a morir si le pisotean un poco, porque se aprende cayendo y volviendo a intentarlo. Comprendo que suspiremos por encontrar nuestra media naranja y, a la vista está de que la han hecho zumo, la creamos ficticiamente, pero pensadlo así: incluso nuestra media naranja, el ser ideal, tiene defectos que tendríamos que aceptar.

Puede, de hecho, que para nosotros no suponga una molestia y le perdonemos, que no seamos consciente de que es un defecto, pero quizás los que le rodean si se desquicien, quién sabe.

Puede que de vez en cuando tengan que pasar por una experiencia humillante y sea inevitable. No pasa nada. Que vivan, joder, que vivan, no podemos encerrarlos en una jaula y sacarlos solo de exhibición. Pero hay que tener mucho cuidado con las concepciones, porque también he visto muchas veces que les hacen sufrir para que queden aún mejor.

Si se le hace sufrir, nos da pena y le hacemos mártir. Solo un poquito, no se nos vaya de la manos. Que vagabundee por ahí, pero que sea un prodigio en inteligencia, que nunca se quiebre y le tenga que salvar alguien.

Todo esto es algo muy abstracto, pero si uno puede analizarlo, con práctica puede llegar a detectarlo. La mejor forma de evitarlo es interponiendo una distancia prudencial entre ellos y nosotros: les queremos, pero no somos sus colegas, como dirían los padres.

Cuando aprendí a analizar películas gracias a una amiga que estudia Lenguaje Audiovisual, lo primero que me dijo fue que, para hacer un buen trabajo, tenía que ver por lo menos la película tres veces para que empezara a aburrirme y darme igual. Esta era la forma de no implicarme emocionalmente con ella y poder ser objetiva a la hora de valorarla.

Para crear a un personaje hay que analizarlo y conocerlo tan bien que podríamos predecirlo, que es, a efectos prácticos, lo que hacemos: predecir lo que harían y pasar del futuro al presente. Lo que tenemos que pensar es lo que haría en esa situación, no lo que nos gustaría que hiciera, porque entonces, lo que queda es una caricatura.

Una de las cosas que más ayuda a la hora de evitar que caigamos en ser el típico progenitor que mima a sus hijos, es hacernos un esquema del estado emocional de los personajes en cada etapa de la historia siguiendo sus peripecias. En función de su personalidad, tendrá mayor o menor estabilidad.

Por ejemplo:

Uno de mis personajes está vivo gracias a sus hermanos. Son su motor de existencia. Los ha tenido que criar después de la muerte de sus padres y pensar en eso fue lo único que lo ayudó a levantarse de la cama todos los días. Él es una persona extrovertida, con mucha chispa, luchador. Tiene mal genio y es brusco en sus maneras porque le importa todo una mierda. Se deshace muy fácil de la gente y las situaciones tóxicas.

En una situación normal siempre hace bromas e intenta hablar con los que le rodean. Sin embargo, en cierto punto de la historia, tiene que separarse de sus hermanos y enviarlos a la otra punta del mundo para protegerlos. Eso le destroza. Su etapa emocional cambia.

Sigue siendo una persona extrovertida y alegre, pero acaba de adentrarse en un momento duro en su vida, así que es normal que se comporte como un imbécil. Que sea irascible, que todo le dé igual, en el mal sentido, que no hable con nadie, que se quede en silencio y no socialice, que insulte a la gente aunque no tenga motivo.

La siguiente etapa llega cuando los más cercanos a él le consuelan y le hacen ver un poco más de luz. Ahí él reflexiona, intenta seguir adelante, aunque no es un cambio gradual, hace esfuerzos para volver a relacionarse. No es el de siempre y se siente inseguro porque lo sabe, así que, a pesar de que por naturaleza él es extrovertido, empieza a tener problemas y dudas a la hora de socializar.

Si yo le hubiera obligado a seguir haciendo bromas y sonreír, seguramente le querría más gente por ser alguien tan agradable y atractivo, pero no le estaría dejando ser él mismo. Sería un poco Gary Stu porque en una situación tan devastadora para él, no perder el sentido del humor es virtuarizarlo extradiegéticamente.

Esto sucede en todo tipo de géneros, pero me atrevo a decir que donde más lo aprecio es en el romántico. No es que en los demás no sucedan, es que me parece que si sucede es mucho más sutil y no implica que el personaje sea malo. Sin embargo, el género romántico ha terminado por convertirse en un contenedor de desechos porque mujeres frustradas, sobre todo, han querido escapar de su rutina creando al adonis ideal.

Pues no. En el mundo, hay más gente fea que guapa y la mayor parte se sitúa en la normalidad. Que nosotros los veamos guapos tiene que ver en gran medida con el tipo de relación que tengamos y, por tanto, debemos dejarle decidir al lector cuando establezca conexión con él o ella si le va a parecer guapo o feo. Olvidémonos de la descripción de su trabajado abdomen y la tela de sus camisas de Ralph Lauren.

Olvidémonos de los hombres que nos llevan al orgasmo a los tres minutos de meterla y susurrarnos al oído que nos aman. Olvidémonos de los empresarios/chefs/boxeadores perfectos que son un as en todo lo que hacen. Deja de exigirle tanto a tu personaje y tu personaje dejará de fallarte y no cumplir con las expectativas de humanidad.

Bajemos de la nube y empecemos a hacer hombres y mujeres creíbles, con autonomía. Para personajes artificiales ya tenemos a Ken y Barbie, no queremos más.

Como bien dicen, a veces, amar puede doler y amar en exceso a nuestros personajes puede llegar a implicar que los reprimamos y disequemos para ser una caricatura que exponer, pero no una historia que experimentar. Cuidado con los pelirrojos y prestad atención a la salud mental y emocional de vuestros hijos, que es importante.

Pero sobre todo: NO TENGÁIS MIEDO A QUE VUESTROS PERSONAJES CAIGAN MAL.

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